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Dirección editorial: Dra. Adriana O. DONATO

Ilusiones ópticas

 

Una investigadora de la Universidad de Harvard reveló, en 2003, en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, uno de los secretos mejor guardados en la historia del arte: sólo quien observa otros puntos del rostro de la Gioconda logra ver su sonrisa. Una breve explicación para una exquisita ilusión óptica que fascina desde hace más de 500 años.

"Los sentidos nos engañan porque nuestro sistema sensorial no es perfecto: el mundo es tridimensional, pero lo percibimos en dos dimensiones", explica la bióloga María Paula Faillace, investigadora del Conicet especializada en fisiología de la retina.

Cuando la prestigiosa neurocientífica Margaret Livingstone desarrolló su teoría sobre la pintura de Leonardo da Vinci, atribuyó ese efecto "mágico" en la boca del retrato a cómo nuestro sistema visual procesa los datos que capta. La sonrisa aparece cuando la visión periférica recibe las sombras que proyectan las mejillas.

La realidad la percibimos a través de una "adaptación" de los sentidos que construye en nuestra mente una aproximación de lo que nos rodea. La doctora Faillace, investigadora del Laboratorio de Fisiología Retiniana y Oftalmología Experimental de la Facultad de Medicina de la UBA, afirma que con las ilusiones ópticas se puede, incluso, inducir a una persona a creer que presenció una aparición.

"El mundo que nos rodea tiene tres dimensiones y cuando lo proyectamos en nuestra retina, que es plana, nos devuelve una imagen también plana", explica.

Para ver el mundo en tres dimensiones, el cerebro transforma toda la información que le suministra nuestro sistema visual formado por los ojos, los nervios ópticos y los centros visuales que traducen la información de la imagen para comprenderla.

A pesar de la perfección del mecanismo, nuestros ojos pueden engañarnos. "A veces nos hacen ver cosas que en realidad no son como las vemos", dice Faillace. Como los ilusionistas o los magos, nuestro sistema visual recurre a trucos para percibir el ancho, el alto y la profundidad de los objetos del entorno. "Es como los pintores, que conocen esos trucos a la perfección porque todo el tiempo están proyectando una escena tridimensional en un papel plano y sin profundidad", compara en una sala de la Sociedad Científica Argentina, minutos antes del inicio de una conferencia organizada por el Area de Ciencia y Tecnología del Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA.

Y justamente el tamaño relativo de los objetos o la perspectiva están entre esos recursos útiles para poder percibir el mundo en sus tres dimensiones.

"La vista recibe mucha más información del interior de nuestro cerebro que del exterior", señala la investigadora del Conicet. El sistema visual filtra todo lo que percibimos con dos parámetros: nuestros intereses y la información acumulada o background. Sin ese tamiz, nuestro cerebro sería un caos ante la imposibilidad de procesar la cantidad de estímulos que llegan al mismo tiempo.

Apariciones, figuras que cambian de tamaño, relieves que no existen o movimientos estáticos en un papel. Son todos "defectos" que el cerebro no tiene, pero que los sentidos se empeñan en recrear. "El secreto está en crearle ilusiones a la retina", agrega la doctora Faillace.

Fijar la vista en una imagen y, luego, mirar una pared, sobre la que se reproduce como si fuera un negativo fotográfico, es un ejemplo. Y esto ocurre porque la luz de la imagen satura las células de la retina (fotorreceptores) que la captan y dejan de responder a los cambios lumínicos.

Pero esto no nos sucede siempre "porque nuestros ojos están permanentemente en movimiento para que los fotorreceptores capten la luz y las sombras alternativamente y no se fatiguen", aclara la doctora Faillace, con estudios posdoctorales en la Universidad de California en San Francisco (EE.UU.) y en la Universidad Pasteur de Estrasburgo (Francia).

Entre los defectos "normales" de nuestro sistema visual están los contrastes, el movimiento, los colores y los bordes. Por ejemplo, el color de un gráfico puede variar según el fondo sobre el que aparece o una espiral dibujada puede comenzar a girar. El sistema visual percibe las imágenes por sus bordes, que es donde cambian.

Todo este proceso es complejo. La luz que emite un objeto ingresa por la pupila hasta la retina, donde células sensibles a la luz (conos y bastones) la transforman en señales nerviosas que parten para el cerebro. En el camino, el sistema visual descompone la imagen en todas sus partes. A altísima velocidad, el cerebro las vuelve a unir y traducir en una imagen comprensible.

Cuando la profesora Livingstone explicó ante sus pares los fundamentos científicos del mágico cambio de humor de la dama retratada por Da Vinci, lo que hizo fue atribuir a los bastones, menos sensibles a los detalles que los conos, la posibilidad de apreciar la sonrisa a medida que el rostro se recorre con la mirada.

Por Fabiola Czubaj

LA NACION | 30.05.2004 | Página 19 | Ciencia/Salud

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Última modificación: 12 de Mayo de 2007.