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Dirección editorial: Dra. Adriana O. DONATO

Obesidad epidémica

 

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Comer cien calorías menos por día -aproximadamente tres bocados de una hamburguesa de comida rápida- podría prevenir un aumento de entre 900 gramos y un kilo por año, de acuerdo con las estimaciones de James Hill y colegas, que se publican en la revista Science. [febrero, 2003]  

 Mientras cien calorías menos no son suficientes para producir el descenso de peso, representa una estrategia manejable para detener la actual creciente tendencia hacia la obesidad, según Hill, investigador del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. Esta es la prioridad más urgente para enfrentar la epidemia de obesidad, afirmó. "Nos preguntamos: ¿qué es lo que comenzará a detener la marea -dijo Hill-. La primera medida es detener el aumento de peso. Y eso puede lograrse planteando pasos concretos."

"La nueva globesidad"

El último número de la revista Perspectivas, editada por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), emplea el neologismo globesidad para referirse a la tendencia mundial al aumento de peso, que considera alarmante.

Según la OPS, la dinámica de la epidemia varía de acuerdo con las regiones. Entre otras cosas, los estudios sobre la relación entre pobreza y sobrepeso han identificado un número de factores socioeconómicos en juego. Algunos han relacionado la baja estatura y el retraso en el crecimiento debido a la malnutrición fetal y temprana con la obesidad en etapas posteriores de la vida. Otros trabajos se centran en la importancia de los factores culturales en los hábitos de vida.

Hill y sus colegas estudiaron datos recolectados por estudios nacionales de los Estados Unidos que mostraban que la prevalencia de obesidad había aumentado del 23 al 30 por ciento entre 1998 y 1994. Su equipo calculó que si la ganancia de peso continúa, el 39% de la población de los Estados Unidos será obesa en 2008.

Según los estudios publicados en Science, la abundancia de comida buena y económica contribuye a la epidemia de obesidad que ahora se propaga desde los países ricos a los pobres, y sólo se podrá contrarrestar con moderación del apetito más ejercicio.

Un editorial define la situación como "La irónica política de obesidad", por la que en el mundo hay gente que padece hambre y gente que muere, en número creciente, por los efectos del exceso de peso.

"Un componente de este problema es que, en su lucha por la supervivencia, a la especie humana la ha impulsado la escasez, no el exceso de comida", explicó hoy el investigador Xavier Pi Sunyer, del Centro de Investigación de Obesidad en el Hospital St. Luke´s-Roosevelt, de la Universidad de Columbia en Nueva York.

"A lo largo de miles de años el cuerpo humano ha desarrollado los mecanismos para defenderse del hambre: cuando falta la comida baja el metabolismo basal -es decir, el uso de energía- y se presenta el estímulo para buscar comida e ingerirla", añadió.

"Pero cuando abunda la comida y aumentamos de peso, no tenemos un mecanismo que apague el apetito", dijo Pi Sunyer, quien añadió que "una respuesta obvia es el aumento del ejercicio físico, y otra es el uso de fármacos que detengan el apetito".

Es cierto que hay hambre en vastas regiones del planeta, y que aun en los países más ricos hay millones de personas que no tienen suficiente alimentación, pero eso, añadió el investigador, se debe "a la mala distribución de los alimentos, no a su escasez".

En Estados Unidos, el 65 por ciento de la población tiene peso excesivo, lo cual no es sorprendente, ya que el sistema de producción provee el equivalente a 3800 calorías por persona por día, el doble de la cantidad necesaria para una vida saludable.

Marion Nestle, del Departamento de Nutrición y Estudios Alimentarios en la Universidad de Nueva York, escribió que existe todo un sistema de producción y distribución de los alimentos que incentiva el consumo excesivo y que dificulta un cambio de rumbo. Pi Sunyer agregó que, como resultado de esa abundancia, en las últimas dos décadas ha bajado sustancialmente el porcentaje de ingresos que una persona o una familia dedican a la compra y el consumo de alimentos.

Un cambio de actitud hacia la comida, en el que la gente coma menos, "afectaría a la agricultura, la producción de alimentos, los almacenes, restaurantes y empresas que hacen negocios con las dietas o los fármacos", señaló Nestle.

Jeffrey Friedman, del Instituto Médico Howard Hughes, escribió que tal como para los hambrientos "la comida es el centro de sus preocupaciones, para cientos de millones de personas obesas o con peso excesivo es una tentación constante que debe evitarse".

En el último número de Science, que dedica dos editoriales y varios artículos al tema de la obesidad, Jeffrey Friedman, de la Universidad Rockefeller, la considera uno de los más urgentes problemas de salud pública. Según datos internacionales, está asociada con numerosas enfermedades crónicas, como las patologías cardiovasculares o la diabetes tipo 2, y consume entre el 5 y el 7% del gasto en salud. "La obesidad está relacionada con más enfermedades crónicas que la pobreza, el tabaquismo o el alcoholismo", afirma Friedman.

"El tema es complejo -reflexiona Marcelo Rubinstein, investigador del Instituto de Genética y Biología Molecular-, porque prácticamente no hay sistema del organismo que no participe directa o indirectamente en el control de la energía. Además, la comida se asocia con fenómenos culturales. Uno no come solamente por hambre. Por otro lado, en los últimos años se descubrió que la saciedad es un fenómeno activo, no pasivo: antes se pensaba que uno estaba saciado cuando no tenía hambre, ahora se sabe que esos circuitos hay que estimularlos. Casi diría que es mucho más activo el circuito de la saciedad que el del hambre." [ver Apetito]

El verdadero problema de la obesidad, opina el científico, es que los seres humanos somos esclavos de nuestra carga genética, especializada en conservar energía. Y, en el mundo actual, los alimentos más cargados de calorías son también los más económicos.

Los ratones de laboratorio ofrecen un modelo interesante para comprender la tendencia a la obesidad en la población humana. En los bioterios se los mantiene con alimentación ad libitum , es decir que pueden comer cuando quieren. Si el alimento del que disponen es rutinario, los ratones mantienen su peso durante meses. Pero si se les ofrece comida hipercalórica, rica en grasas y con más sabor, inmediatamente engordan.

"Es lo que se llama obesidad inducida por la dieta -explica el científico argentino-. Algo de eso es lo que está sucediendo en la escala global. Hay demasiada oferta de comida rica. Un león, si se comió un antílope entero, no reincide en toda la semana, porque tendría que ir a cazar de nuevo y ¡no tiene ganas! ¿Pero qué pasa si le ofrecés una cantidad de alimentos ricos sin que tenga más que alargar la pata? Se los comerá y se pondrá gordo."

Y luego agrega: "Lo más preocupante es lo que ocurre con los chicos, porque la dopamina (ese neurotransmisor involucrado en las adicciones) también fija en el cerebro el gusto por las actividades deportivas. Si no son expuestos tempranamente a la actividad física y no la asocian con un hecho placentero, nunca más lo harán. Hoy, los chicos utilizan su cerebro, pero no activan el placer por el movimiento, con lo que siempre van a tender al sedentarismo, una causa importante de obesidad".

Todo indica que -si lo que se quiere es revertir esta tendencia- se requerirá una conciencia más precisa de los complejos mecanismos que inciden en los procesos de hambre y saciedad. Según Ellen Ruppel Shell, autora de un libro sobre el tema, un grupo de científicos está investigando la posibilidad de que los altos niveles de grasas y glucosa presentes en la dieta estén trastornando nuestra química cerebral, y las señales que normalmente nos indicarían que llegó el momento de cerrar la boca.

Shell afirma que existe evidencia de que una constante exposición a las grasas y el azúcar puede hacer que las personas se hagan adictas a ellas como a una droga. Las ratas alimentadas con una dieta alta en azúcares, cuando se les remueve este ingrediente, caen en un estado de ansiedad similar al que se observa en adictos a la morfina o la nicotina, dice Shell.

Neurobiólogos de la Universidad Rockefeller creen que la exposición frecuente a alimentos grasos puede configurar nuestro cerebro para que deseemos más grasa aún.

Otros estudios sugieren que la composición de nuestra dieta afecta la química cerebral activando ciertos genes, que a su vez influyen en nuestras preferencias dietarias. "Sometiéndonos a una dosis continua de alimentos procesados, dulces y altos en grasas, nos lanzamos sin querer a un peligroso experimento, cuyas consecuencias a largo plazo sólo ahora están comenzando a manifestarse", reflexiona Shell.

Fuente: Por Nora Bär LA NACIÓN Agencia EFE

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Última modificación: 12 de Mayo de 2007.